En mi
pequeña ciudad pueblerina hay un maravilloso bosque de hayas. Acostumbrada a
verlo a diario, la gente de la región no nos damos cuenta a veces de la gran
belleza que esconde. Es aquello que nos pasa a todos, que valoramos más lo de fuera,
que lo que tenemos en casa.
Pero en
cambio los forasteros sí lo aprecian enseguida. Incluso Fernando Trueba lo dijo,
rodando aquí su última película. “No sabéis el tesoro que tenéis”, y si lo dice
Trueba…quizás habrá que creerlo... ¿no?
Y es que en
ese bosque de majestuosos árboles de hoja caduca habitan entre otros unos
pequeños seres mágicos. Algunos los llaman luciérnagas, pero puedo deciros
ciertamente que en realidad son pequeñas hadas de luz. Que como en los cuentos
infantiles tienen poderes y retienen en su interior parte de los rayos del sol.
A mí me
gusta pasearme por el hayedo, en esos días navideños, cuando el frío y la
melancolía se hace tan espesa como la niebla que cubre todo el valle, y se
cuela entre los árboles. Al atardecer o incluso a primera hora de la mañana. Oír
el ruido de las hojas húmedas bajo mis botas, y el crujir de las ramitas
sueltas del suelo.
Respirar hondo.
Llenar los pulmones, abrir bien el pecho, sentir latir el corazón, porque el
alma puede ver lo que los ojos se pierden.
“Los que sueñan
de día comprenden todo lo que se les escapa a los que sólo sueñan de noche”
(Edgar Allan Poe).
Cuenta la
leyenda que en uno de los troncos más
viejos del hayedo, hay una pequeña puerta apenas visible, toda cubierta de
musgo. Es la entrada a un hermoso palacio escondite, donde viven una colonia de
hadas de luz. Cada noche todas las luciérnagas encienden sus farolillos y
felices salen a volar. Surcando el cielo en toda su inmensidad, con hermosos
dibujos luminosos, bailan, ríen, se cogen de las manos y vuelan, vuelan, cada
vez más alto y más rápido. Ofreciendo un precioso espectáculo de luz y color.
Todas menos
una. Hay una pequeña hada solitaria que se llama como yo, Marcelina, que nunca
quiere salir a volar con sus hermanas. Dice que no sabe volar, y que su luz
apenas brilla. ¿Así que para que perder el tiempo?
El miedo la
retiene. Y triste cada noche mira des del tronco como sus hermanas esparcen su magia
por el cielo, viven y se divierten mientras ella se queda sola.
En el Hayedo
vive también otro ser majestuoso, y mágico. El Búho.
Una noche se
acercó a Marcelina y le preguntó que porque no salía a volar.
“-No quiero”
dijo ella. –“No tengo ganas, no se volar, lo hago muy mal, y además mira mi
farolillo que pequeño es” “Y encima esta tonta de la Luna, siempre tan
espectacular, tan maravillosa. ¿Cómo voy a salir con esa mierda en el culo? Ni
siquiera se ve”
-“Oye mi
pequeña amiga”, dijo el Búho, “Tienes razón la Luna brilla mucho, pero no
siempre lo hace igual. ¿Sabes?”
-“¿A no?”
“Pues no.
Hay días en que es redonda esplendorosa, como un gran faro en la oscuridad,
pero hay otros en que se hace pequeña, hasta desaparecer. Entonces las luces
que más se ven en el cielo son las
vuestras. Porqué son mágicas, y las más cercanas”
Y así fue
como Marcelina al día siguiente se atrevió a salir a volar con sus hermanas y
encendió su luz, y comprendió que la suya aunque pequeña brillaba siempre
igual.
-” ¡Que guay
mami! , ¡otro, cuéntame otro!
-“No mi
amor, otro día, ahora a dormir.”
Marcela le
dio un beso, y la niña se quedó tranquila cerró los ojos y se durmió.
Y Marcela se
quedó sentada un rato más en la cama, pensando que quizás, tenía que ir a
pasear más a menudo al bosque de las hayas, y apreciar su belleza, como dice Trueba. Y encontrar al Búho.
Entonces se
levantó, fue y desenchufó la estrella y las luces de navidad del balcón, antes
de irse a la cama ella también.